Sin embargo, los españoles tenemos que conformarnos con predicciones que nos sitúan a la zaga de la recuperación y según los expertos, los próximos 12 meses seguirán siendo negativos tanto en crecimiento, como en tasas de empleo, generando altas dosis de pesimismo y crispación.
Con la perspectiva que nos da el tiempo transcurrido, lo único que parece cierto es que las recetas aplicadas por todos consistentes en inyectar liquidez al sistema, sostener los bancos con cantidades ingentes de dinero público, bajos tipos de interés e intervencionismo estatal a base de déficit público, han dado resultados fuera de España.
El caso español es diferente, en tanto la crisis es diferente. Nuestro modelo de crecimiento de los últimos 15 años no se basó en el incremento de la productividad, sino casi exclusivamente en importar dinero y endeudarnos para financiar la fiebre del ladrillo, como si de la fiebre del oro se tratase. Todos nos beneficiamos en mayor o menor medida del crecimiento especulativo y del efecto riqueza, y ahora nos toca pagar y apretarnos el cinturón. Si bien es cierto, unos más que otros y de forma no equitativa.
El caso español también es diferente desde la política. En ningún momento se ha producido ni siquiera un atisbo de consenso entre el Gobierno y la oposición para arrimar el hombro y acelerar la salida de la crisis.
Los españoles no nos merecemos un entorno de absurda confrontación entre el radicalismo social del Gobierno, consistente en atajar la crisis sólo a través del déficit público y medidas de refuerzo progresivo de la protección social, y el radicalismo insolidario de la oposición que, desde la demagogia ultra liberal, pretende que todo se resuelva por y desde el mercado con recetas parecidas a las causantes de la crisis.
Creo que la ciudadanía echa de menos un poco más de patriotismo altruista y capacidades de negociación.
Como el tan cacareado cambio de modelo productivo requiere reformas estructurales profundas y a largo plazo, y se gobierna y ejerce la oposición a corto, este no constituye desgraciadamente la prioridad de la acción política.
Se nota demasiado que se juega más a ganar las elecciones generales del 2012, que a concertar la salida de la crisis.
Una de las lecciones de esta crisis, en lo que a la macroeconomía se refiere, es que ha quedado patente que los principios y recetas, tanto neoliberales como keynesianas, así como las ideologías del siglo XIX ni funcionan, ni dan respuesta a los retos del futuro.
La realidad demuestra que las verdaderas soluciones son técnicas, apoyadas en consensos. Liderazgo y consenso son los ingredientes que se echan de menos en el modelo español, estando más presentes en nuestros competidores y compañeros de viaje.
No obstante, hay algunas comunidades, como Navarra o Castilla la Mancha, en las que se están tomando medidas más consensuadas y con un mayor liderazgo, pero no es suficiente.
Por eso, retomando el titular, la sociedad civil debería exigir a los poderes públicos que se tomen más en serio nuestras preocupaciones, que deberían estar en el centro de sus ocupaciones.
Mientras el partido del Gobierno siga jugando a ganar tiempo para vencer en 2012 una vez recuperada la economía, y la oposición a poner palos en las ruedas de la recuperación, estaremos en las mismas.
Se precisa un poco más de seriedad y ciudadanía en nuestra clase política estatal, y corresponde a la sociedad civil, algo adormecida a pesar de la gravedad de la situación, el exigirla