Publicado en Diario de Navarra
15 de noviembre de 2009
Tengo la percepción de que el estado de ánimo de la sociedad, en este momento, tiene mucho que ver con sensaciones de hastío, confusión, ausencia de caminos claros e incertidumbre.
Lo desprendo, no sólo de las conversaciones que se puedan mantener de carácter cotidiano, en las que el pesimismo y la crisis casi siempre están presentes, sino además de la lectura de artículos de opinión y comentarios de todo tipo en tertulias de radio o televisión.
Por un lado, parece que fuera de España las cosas empiezan a ir mejor, aunque todavía no se debe cantar victoria. Se puede recaer en cualquier momento, y los gobiernos mantienen la vigilancia. Ahora bien, en países como Alemania, EE.UU. o Francia no se pone tanto énfasis en el cambio radical de modelo productivo, sino más bien en aprovechar mejor lo que se tiene y acelerar la especialización y la presencia global.
En España sin embargo, tenemos dos problemas. El primero la crisis, de la que -según todos los analistas- saldremos tarde y dependemos casi exclusivamente del crecimiento de la demanda mundial. Casi nadie confía en la recuperación de la demanda interna a corto plazo. Es más, las perspectivas son malas.
El segundo, el cambio de modelo productivo. O dicho de otra manera, pasar del ladrillo -cuya caída ha supuesto un 4% del PIB- al valor añadido exportable.
A estas alturas de la reflexión, cabe preguntarse qué hacer. Si analizamos el proyecto de presupuestos generales del Estado, observamos una desproporción entre lo que vamos a gastarnos en asistir a quienes lo pasan peor y lo que vamos a invertir en instrumentos para cambiar el modelo. El cambio de modelo pasa por invertir más en educación, en modernización de las administraciones públicas, en innovación y en especializar nuestra economía en sectores capaces de exportar y generar empleo, de forma más consistente.
Nos encontramos pues ante una gran contradicción, de difícil solución pero relevante.
La segunda contradicción es que las medidas estructurales que se deben acometer requieren un esfuerzo común, consenso y diálogo fluido y práctico entre gobierno, oposición y comunidades autónomas. Esto último no se produce por razones fundamentalmente electoralistas y no parece -a la vista del paisaje político actual- que pueda producirse.
Continuando con el razonamiento, podríamos concluir que en España estamos al albur del crecimiento mundial “para bajar la fiebre” y de un modelo económico diferente que migre del ladrillo, al talento y la tecnología.
Desgraciadamente, ni invertimos en lo esencial, ni nos ponemos de acuerdo en medidas de choque.
Así nos va. Por todo ello, debe insistirse en la necesidad de acometer con urgencia, un pacto laboral, un pacto por la educación y un pacto por la internacionalización.
Como a nivel nacional parece que no es viable a medio plazo, a nivel regional no sólo es posible, sino que las situaciones de partida son distintas.
Por poner un ejemplo, la estructura del tejido productivo navarro y el nivel de desempleo se asemejan más a Francia o a Alemania, que Canarias o Andalucía. Ello significa que mientras los canarios y los andaluces han tenido una alta dependencia de la construcción y de los servicios de bajo valor añadido, los navarros han hecho los deberes de otra manera y pueden aspirar a imprimir más velocidad a su salida de la crisis.
Afortunadamente, en Navarra se dan los niveles de consenso necesarios.
Por otro lado, se está perfilando un plan –el Plan Moderna- cuya aprobación y compra por parte de la sociedad se hace urgente y cuyo objetivo es asegurar la competitividad de Navarra en los próximos 30 años conectando familia, escuela, universidad y sectores estratégicos.
La única vía para cambiar el modelo productivo o asegurar la optimización de lo existente globalizándolo, está en iniciativas como la descrita, que deberían generalizarse, adaptándose a cada entorno regional.
Podría argumentarse, en contra de lo dicho hasta ahora, que las salidas regionales, en un entorno globalizado, ni tienen masa crítica, ni todos los resortes de poder para ser efectivas. Pero puede contra-argumentarse que las grandes diferencias regionales de partida existentes, por ejemplo en Europa, ponen de manifiesto la heterogeneidad de modelos de desarrollo y bienestar que sólo pueden explicarse desde iniciativas regionales reconocidas.
Por otro lado, y para finalizar tenemos suficientes ejemplos de éxito, en situaciones de crisis grave, de regiones que han transformado radicalmente su modelo productivo a través de pactos e iniciativas propias, como puede ser el caso de Flandes, Carolina del Sur, Massachusetts, Pitsburg, Estocolmo y Dinamarca.
Vale la pena intentarlo. MODERNA debe divulgarse, conocerse, asumirse y generar compromisos a largo plazo. Es una magnífica oportunidad