Febrero 2009
Cada día parece más evidente –a la vista de los datos económicos, las previsiones y la opinión de los expertos- que la recesión de España va a ser más larga y profunda que la del resto de nuestros socios europeos.
En la reunión de DAVOS -por cierto inundada de pesimismo y perplejidad- el rango de previsión de financieros y académicos, sobre la duración de esta crisis, osciló entre 2 y 18 años. Las recetas tradicionales no funcionan y parece que lo peor está por llegar
Sin embargo, la gran diferencia en cómo está afectando la recesión a España y al resto de los países llamados desarrollados está en el impacto en el empleo.
En España, además de recesión, estamos frente a un drama social de consecuencias imprevisibles, del que seguramente saldremos con muchos sacrificios, si bien no puede ni debe repetirse.
Las causas son claras: un modelo económico de crecimiento demasiado escorado hacia la construcción y los servicios, escasamente internacionalizado, con baja productividad, escasez de talento emprendedor y baja tasa de innovación en I+D+i.
La juventud aspira al funcionariado, nos negamos a asumir el coste del consenso para reformar el mercado de trabajo y no ponemos el foco en invertir más y mejor de forma consistente y cooperativa en competir desde el talento que exporta, innova y emprende.
Soy consciente de que mientras crecíamos en los últimos años a tasas superiores a la europea, importando mano de obra del tercer mundo y dinero alemán para financiar el crecimiento, era difícil ser consciente de dónde había que poner el foco para asegurar la sostenibilidad. También de que es la primera crisis global y sus efectos eran inimaginables. Pero también soy consciente de que no hicimos los deberes. Nos olvidamos del medio y del largo plazo.
La ausencia de un modelo social de fomento del talento generador de riqueza sostenible y nuestra dramática capacidad de destruir empleo, cuando vienen mal dadas, están directamente relacionados.
A corto plazo iremos aguantando la crisis con tratamientos paliativos convencionales, que nos irán empobreciendo hasta tocar fondo. Ello ocurrirá cuando termine de ajustarse el valor de los activos y el mercado vuelva a latir con liquidez y transacciones.
Ahora bien, no cabe duda de que seremos más pobres y habremos asimilado que nuestro modelo no es competitivo, y lo será cada vez menos, si no cambiamos el foco y las prioridades.
Es el momento del consenso –como en la transición- para pactar un modelo que ponga el acento en la educación, el talento, el emprendizaje, la productividad y la adaptación del Estado del Bienestar a los requerimientos de un nuevo entorno global en cuyo bosque nos vamos adentrando sin las capacidades necesarias para competir mejor como nación.
Necesitamos transparencia en la comunicación a la opinión pública, liderazgo cívico, concertación y sobre todo inversión intensiva en conectar familiar, escuela, universidad, empresa y sociedad. Sólo si somos capaces de orquestar toda la inteligencia disponible para generar talento ético, tecnológico y emprendedor saldremos de la crisis –que será larga- fortalecidos y vacunados para la siguiente. Es hora de ocuparse más y lamentarse menos.