Publicado en la Revista de APD
Mayo 2008
La empresa se ha convertido en el principal instrumento de las sociedades modernas para generar riqueza, transformar la realidad y contribuir a crear felicidad.
Por estas razones -evidentes en la medida en que la globalización avanza y el Estado interviene menos en la economía- la empresa tiene cada vez más y mayores retos que escapan de su perímetro tradicional.
Uno de los más apasionantes tiene que ver con el ejercicio del poder de “jefes, jefazos y jefecillos”, como suele referirse el autor Juan José Almagro.
Hasta finales del siglo XX, lo que en una empresa se esperaba de cualquier jefe es que supiera mandar; es decir, conseguir que le obedecieran, le respetaran y que sus colaboradores hicieran su trabajo bien y a la primera.
En la empresa de la era industrial -de donde venimos- la jefatura se ejerce para asegurar la fiabilidad de la producción; la calidad intrínseca. La división tradicional entre pensantes (cúpula) y actuantes (ejecutores) trae consigo que el jefe sea un experto que manda a otros dando instrucciones y controlando.
Este tipo de liderazgo -o ejercicio de la jefatura- no sirve para la sociedad del conocimiento, las redes virtuales y los clientes con poder de decisión. Es más, no solamente no sirve; sino que está contraindicado.
En la sociedad del conocimiento, la labor del jefe no es mandar, es comprometer a su equipo con el proyecto, con los objetivos, con el cliente, con los resultados.
Liderar mandando a través de instrucciones y control es totalmente distinto de liderar comprometiendo. Para sacar lo mejor de cada miembro de un equipo y conseguir que ponga toda su creatividad, inteligencia y esfuerzo cooperando con otros en un proyecto con sentido económico y social, no basta con lo que hemos aprendido. Tenemos que aprender mucho y desaprender más.
Tenemos que aprender a ejercer el poder que nos confiere la empresa, más desde la “autoritas” que desde la “potestas”.
El líder que hoy necesitamos -a todos los niveles y en todos los equipos- debe ejercer el poder orientando, enseñando, delegando, exigiendo, corrigiendo y tomando decisiones.
El líder que hoy necesitamos no es el que más sabe, el más experto. Es el que obtiene mejores resultados a través de otros, porque genera con su estilo de dirección microclimas de compromiso y alto rendimiento.
El jefe que hoy necesitamos dirige preguntando, fomentando la curiosidad y la creatividad.
El jefe que hoy necesitamos está orientado al cliente, fomenta en su equipo el concepto de calidad percibida y es respetado, no temido.
El jefe que hoy necesitamos domina el arte de la toma de decisiones en entornos complejos, haciendo de la conciliación, la calidad del servicio de dirección y la felicidad de sus colaboradores, un objetivo fundamental de su rol.
El jefe que hoy necesitamos debe aprender cada día pidiendo feed-back a sus equipos y exigiendo resultados, inspirando serenidad y optimismo. Los americanos utilizan el término “empowerment”, cuya traducción no es sencilla por diferencias culturales, pero que podríamos denominar “empoderar”. Ello significa, en última instancia, comprometer generando responsabilidad y autonomía.
Dirigir eficientemente hoy es un arte; un arte que requiere atreverse a hacer cosas diferentes, como escuchar mucho, conocer a las personas, identificar sus motivaciones y construir relaciones que, desde la confianza, generen compromisos sólidos.
Todos los que hemos tenido más de un jefe podemos comparar entre el mejor y el peor. Normalmente solemos concluir que el mejor nos apoyaba, nos enseñaba, confiaba en nosotros y también nos exigía. A sensu contrario, probablemente coincidamos en que el peor jefe que hemos sufrido o era autoritario, o iba a lo suyo.
Utilicemos nuestra propia experiencia para dirigir mejor. No es que no sepamos, es que no nos entrenamos, o no tenemos paciencia, o creemos no tener tiempo.