Publicado en la Revista de APD - Marzo 07
Cuando nos planteamos, en cualquier empresa, qué tenemos que hacer para crecer rentablemente y con sostenibilidad, pensamos automáticamente en hacer o encargar un plan estratégico. O dicho de otro modo, nos planteamos la necesidad de redefinir o actualizar nuestra propuesta de valor al mercado, nuestro posicionamiento y la oferta de productos y/o servicios a ofrecer a nuestros clientes.
También solemos analizar nuestras debilidades y fortalezas y analizar a la competencia. Últimamente, y cada vez más, también respondemos acerca de cómo crecer comprando, fusionándonos o internacionalizándonos.
Creo que todo lo anterior es necesario, está muy bien, es conveniente desde lo convencional, pero no resulta suficiente. Ya no.
En nuestros días, lo fundamental es poner el acento, el énfasis, la prioridad en la innovación.
No debemos confundir causas con efectos. Planes con factores habilitantes.
Nuestro entorno se caracteriza por las convulsiones, la impredecibilidad creciente, la maduración a velocidades exponenciales de productos y servicios y la volatilidad de los clientes.
También se caracteriza por la escasez de diferenciación y las dificultades crecientes de fidelización del cliente para competir mejor.
A ello, solo puede responderse con capacidades organizacionales de anticipación y creación de nuevos mercados que proporcionen nuevas experiencias de compra, que generen fidelización y prescripción duraderas.
Para todo ello, debemos cambiar nuestro enfoque de aproximación a la estrategia. La estrategia ya no puede consistir en definir un plan sobre lo que queremos, donde queremos ir y como vamos, si no más bien en convertirnos en empresas que innoven para el cliente y creen nuevos nichos de mercado.
Debemos pasar de ocuparnos de lo que queremos a ocuparnos de lo que somos y lo que debemos ser para que ocurra.
Solo si somos empresas innovadoras podremos conseguir crecer y ser rentables con sostenibilidad. La razón es muy sencilla. Si lo que queremos es convencional, esto es, más de lo mismo mejor, nuestro crecimiento será efímero y la rentabilidad decreciente y amenazada.
Si lo que queremos es diferenciarnos, tendremos que ser una empresa innovadora, poniendo el foco en desarrollar dicha capacidad en todos los niveles y en todas las interacciones internas y con el exterior.
Una empresa innovadora no es aquella que tiene un magnífico departamento de I+D, un liderazgo visionario o varias patentes rentables no caducadas. Una empresa innovadora es aquella que crea microclimas organizativos y capacidades de implantación estratégica que asegura que “las cosas que queremos, ocurran en la mente y experiencias de relación con el cliente”
En todos los sectores empiezan a surgir empresas de estas características en las que la estrategia no es solo tener un plan, sino más bien la creación de “entornos de inteligencia humana interconectada, alrededor de un proyecto común de diferenciación que preguntando al cliente y conociendo el mercado, anticipa soluciones y experiencias de compra que los fideliza y los convierte en prescriptores, movilizándolos”
Como lo planteado hasta ahora puede parecer demasiado centrado en los “qués”, me permito acotar un poco estas reflexiones, centrándonos en los “cómos”.
La experiencia de más de veinte años de trabajo en el campo de la implantación estratégica, la organización y las personas, me ha enseñado que lo que normalmente falla en la construcción de organizaciones innovadoras, capaces de implantar estrategias de diferenciación con éxito, son dos cosas, el manejo de los miedos y de los tiempos.
La innovación centralizada tradicional, centrada en el producto no asusta. No asusta porque el producto cambia, pero nosotros no; no es necesario.
Ahora bien, la innovación entendida como la capacidad de una organización y de sus personas para acometer transformaciones radicales con coherencia, asusta, da miedo, nos saca de la zona de confort y normalmente nos paraliza o ralentiza la implantación hasta límites intolerables e ineficientes.
Por ello, es fundamental, desde un liderazgo fuerte y exigente, manejar bien los miedos y los tiempos, que son desde mi punto de vista los dos factores claves de éxito para pasar de querer innovar a ser innovadores como organización.
El manejo de los miedos se hace con comunicación clara y recurrente, calidad de dirección y acompañamiento desde la acción. Esto es, aprender haciendo.
El manejo de los tiempos exigiendo y comprometiendo con logros u objetivos temporales que solo se consiguen si nos atrevemos a caminar, a movernos, a hacer. Pues no se consigue solo pensando. La innovación organizacional supone muchas veces transitar, en plazos cortos a lo desconocido pues esos territorios “se conquistan”, no se piensan. Las respuestas se encuentran.
Efectivamente, ya lo decía Antonio Machado “se hace camino al andar” y yo añadiría “se descubre caminando”.
Las organizaciones con futuro tendrán que preguntarse si es suficiente con tener un plan estratégico bien diseñado, coherente, inteligente, retador y magníficamente comunicado y traducido a objetivos o necesitan algo más para diferenciarse de verdad.
La gran pregunta es ¿Innovadores o estrategas? ¿Conquistadores o pensadores? La respuesta la obtendremos desde lo que somos, lo que queremos y lo que debemos ser y hacer para conseguirlo.
Las respuestas habremos de pasarlas por el filtro de nuestro sector, nuestra competencia, nuestros sustitutivos actuales y potenciales, el cliente y la proyección que desde la sociología y la tecnología nos indique el mercado.
El arte de dirigir se está convirtiendo en el arte de construir organizaciones que innovan, caracterizadas por su capacidad de diseñar e implantar proposiciones de valor y modelos de negocio que se diferencian con sostenibilidad en la mente del cliente y que por ello resultan imbatibles.
Este tipo de organizaciones no son así por la calidad de su plan, si no más bien por la calidad de su gente, de sus líderes y de su atrevimiento ¿Nos atrevemos? ¿Somos veloces? ¿Innovamos? VAMOS