Publicado en Diario de Navarra
4 de septiembre de 2007
Ha llegado la hora, en mi opinión, de hablar en serio, sin tapujos ni paternalismos de la motivación en el trabajo.
El profesor McLellan, considerado el padre de la motivación, al menos de la escuela anglosajona, nos enseña, y ya es un clásico, que la motivación humana podría reconducirse a tres fuerzas o motivos básicos: el Logro, la Afiliación y el Poder, o dicho de otra manera conseguir, querer y ser querido y mandar y/o influir. Efectivamente parece que todos los estudios y experiencias de los últimos 30 años confirman dicha teoría.
Ahora bien, nada indica que en los tiempos actuales, caracterizados por la complejidad, el cambio y la ausencia de zonas de confort, la motivación en la empresa sea posible solo desde un proyecto claro y unos sistemas de dirección adecuados.
Si falla el motor interno, la automotivación, el logro y el hambre congénita y predomina el acomodo, la búsqueda de certezas y el reconocimiento paternalista para retener talento curricular, falla todo lo demás.
Desde mi experiencia, en los últimos años, vengo observando una cierta tendencia a expresar con ligereza “la empresa no me motiva”. Habría que preguntar a los que con tanta frecuencia aseveran lo anterior y ¿Por qué ha de motivarle? ¿Necesita Vd. que le motiven para hacer las cosas bien y con ganas?
Viene a cuento la famosa expresión de John Kennedy de “Dejemos de preguntarnos que puede hacer América por nosotros y preguntémonos que podemos hacer nosotros por América”.
Con estas reflexiones, que no pretenden provocar, sino más bien hacer reflexionar al lector inquisitivo, pretendo poner de manifiesto la necesidad, cada vez más palpable y necesaria de incluir la automotivación o motor interno en las características predictivas de éxito para navegar en las inciertas y procelosas aguas de la empresa moderna, en entornos de alta competencia en los que se trabaja cada vez más en red, sin red, sin referencia ciertas y con el sometimiento diario a cambios inesperados, contradicciones aparentes e incoherencias de proceso.
Por todo ello, considero imprescindible profundizar en el diseño e implantación de sistemas, métricas y políticas de selección, formación y desarrollo que conlleven la identificación y promoción de la capacidad de automotivarse, ponerse metas y cumplirlas, superar obstáculos, vivir con pasión los cambios, desaprender, huir del pasado y plantearse la vida profesional como una maratón en la que siempre estamos en el kilómetro más difícil, que según creo está entre el 30 y el 35, el llamado muro.
Aprender a vivir con agujetas es no tenerlas y no tenerlas es hoy un requerimiento de empleabilidad, resistencia al estrés y en definitiva inteligencia y felicidad.