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El nuevo analfabetismo y la crisis

Publicado en ABC el domingo 25 de abril de 2010

 

Siguiendo al reconocido futurólogo Alvin Toffler, podemos afirmar que “el analfabeto del futuro no será el que no sepa leer ni escribir, sino el que no sea capaz de desaprender cosas viejas para aprender cosas nuevas"

 

Reflexionando sobre esta frase y poniéndola en contexto, puedo asegurar al lector que, a través de las experiencias que he vivido en los dos últimos años intentado ayudar a empresas, empresarios, directivos e instituciones a identificar oportunidades en la crisis y construir a partir de ello agendas emergentes, he podido constatar que Toffler tiene parte de razón. Lo más difícil en nuestros días no es aprender cosas nuevas, sino desaprender y sustituir prácticas y conceptos obsoletos.

 

Si bien parece lógico y racional que se asuma -desde nuestro pensamiento cartesiano- que el pasado no cotiza y que la crisis que estamos viviendo, sobre todo en España, requiere cambios en la forma de pensar, aprender, hacer y dirigir, lo cierto es que nos cuesta ponerlo en práctica.

 

Resulta paradójico comprobar que, en la época de la historia de occidente en la que hemos sido capaces de dominar hasta extremos insospechados las leyes de la física y de la ciencia, construir hábitats de confort y seguridad desconocidos, erradicar las mayores amenazas para la salud y el sustento, tengamos tanto miedo a cambiar y a asumir nuevos retos y riesgos.

 

Nos hemos habituado demasiado a la zona de confort. Pareciera como si 30 años de crecimiento económico, mejora del bienestar, de la calidad de vida, de la educación y del conocimiento nos hubieran anestesiado e inhabilitado para emprender, sufrir, luchar, desaprender, etc.

 

Padecemos, como sociedad civil, un aletargamiento preocupante y déficits de valores clásicos como la autoconfianza y la creatividad.

 

De todos es sabido, que la buena vida no consiste sólo en acumular objetos, sino más bien en alcanzar la felicidad rodeados de afectos. Sin embargo, estamos optando más por objetos perecederos que por afectos y hábitats sostenibles y duraderos.

 

Resulta también paradójico que nos cueste tanto cambiar de opinión y reconocer los cambios tan evidentes habidos en la realidad y sus consecuencias, en cuanto a comportamientos necesarios se refiere.

 

El mundo emergente es global, interconectado, crecientemente virtual, con un desarrollo de la ciencia y la tecnología que están transformando los hábitos de consumo, de forma descomunal y rápidamente y con una generación de nativos digitales que se relacionan y aprenden de otra manera. 

 

Parece que nos invade una especie de “dogmatismo de avestruz”. Creo que ha llegado el momento de acometer una campaña de mentalización en la sociedad y en la empresa, frente a un analfabetismo consistente en no querer cambiar de opinión y desaprender tópicos pasados que se ven desbordados por una realidad objetiva, evidente, palpable, implacable e irreversible y también porque no, llena de oportunidades.

 

Tenemos que esforzarnos en retomar los valores del esfuerzo y el emprendimiento en la sociedad y en la escuela; la cooperación, la creatividad y el liderazgo transformador en la empresa; y la ética y el foco en el bien común en la política.

 

Necesitamos agendas emergentes de tránsito entre el delicioso mundo del confort anestesiante del que venimos, al mundo de la recuperación de la ética, la productividad, la competitividad y la innovación.

 

Desaprender lo viejo para aprender lo nuevo con calidad y sin miedo es el reto colectivo.

 

Para terminar, y volviendo al mundo de la empresa que es el que más conozco, sólo recomendar un debate profundo sobre “¿Porqué nos compran?” “¿Qué tenemos que cambiar y desaprender para que siga ocurriendo?” Contestar a estas preguntas con acierto se convierte en la clave del futuro.

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